Llevaba conduciendo varias horas. Las cosas no iban bien. Debía llegar a mi destino antes de las siete de la tarde. Al principio fui por la autovía de dos carriles, ancha, irregular con bastantes curvas, no curvas cerradas pero curvas que me impedían relajar. Al principio puse la radio, estaban dando la noticias. Eran las noticias de siempre, cambiaban los nombres pero la temática era la misma, los mismos casos, las mismas injusticias. Al final venía las noticias de deportes. Luego un programa de opinión. Los programas de opinión me suelen aburrir y la consecuencia es el sopor y el sueño. Comencé a tener sueño. Cambié de emisora, puse otra donde emitían música. Me comí un caramelo y el tonillo de Lady Gaga me sacó del sopor pero solo por un momento. Era consciente que no había descansado bien y cuando soy consciente de que no descanso bien me suele dar sueño. Llámalo sugestión, llámalo cansancio. Paré en un bar de carretera junto al que se encontraba una residencia de ancianos y un puticlub. Tomé un café y me quedé observando a unos clientes mientras echaban una partida al tute. Pero no fumaban. Ya no dejan fumar en los bares.
Volví a subir al coche e intenté dormir un poco, pero debí haber intentado dormir antes y haber tomado el café después. Eché el respaldo del asiento para atrás y cerré los ojos. Un rato más tarde comprendí que era imposible dormir. Arranqué el coche, puse a los Radiohead y continué. Treinta kilómetros después tomé el desvío por una carretera secundaria, llana, bien asfaltada, con pueblos espaciados. Comencé a pensar en lo que tenía que hacer cuando llegara a mi destino. Hablar con uno, luego con otro, en general eran rutinas que no me aportaban nada y que me suponían un esfuerzo y un considerable nerviosismo. Porque eran cosas que no quería hacer. En un tramo con curvas un coche bastante grande, negro y muy potente se puso detrás, pegado, sin guardar distancia de seguridad, apretando en la trazada. Porque no podía adelantar ya que había muchas curvas. Yo conocía la carretera y sabía que al final de esa cuesta, un poco más adelante, había una larga recta. Aceleré todo lo que pude pero sabía que sería adelantado fácilmente. Durante ese instante de impotencia, no sabría decir por qué, me vinieron a la cabeza muchas cosas que juntas me producían un tremendo malestar precisamente en ese momento, cosas de la vida, de cada día, quizá de la propia impotencia. No fue algo premeditado, no era algo que desde un principio pensara haber hecho, pero esa rabia que el mundo me producía durante un instante se concentró en mi cabeza e hizo, no se por qué, dar un volantazo a la izquierda en el momento en el que el coche me rebasaba e hizo que saliera fuera de la carretera, perder totalmente el equilibrio y dar varias vueltas de campana. Todavía no me explico lo que me pudo pasar, todavía no sé lo que les habrá ocurrido a los ocupantes del coche, ni cuantos eran.



