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lunes, 10 de marzo de 2014

El avión de papel





Guillermo estaba en clase de lengua y le aburría la clase de lengua, así que lentamente pasó un par de hojas de su cuaderno marca Enri y arrancó la siguiente. Debía tener cuidado porque la profesora tenía malas pulgas y porque le podía poner uno o dos puntos negativos en la evaluación y porque, lo que era peor, podía escribir una nota a sus padres. Y sus padres estaban cansados de recibir notas y el lo sabía. Así que con mucho cuidado arrancó lentamente una hoja y mirando de reojo alrededor comprobaba que sus compañeros mantenía una fingida atención a las explicaciones de la profesora. Guillermo tenía la capacidad de atender aunque estuviera haciendo otra cosa, incluso aunque la materia que dieran le aburriera completamente. 

Con parsimonia fue doblando la hoja de papel. Primero por una esquina, después por la otra, luego doblándolo por la mitad un lado y otro y así hasta que el avión estuvo terminado. Pensó que le había costado menos tiempo hacerlo de lo que había previsto. Lo dejó en el cajón que se encontraba debajo de la mesa sobre el libro de matemáticas y por un momento pensó en la geometría que acababan de dar y en el avión de papel que debía ser completamente geométrico y hasta aerodinámico. Escribió algo en el cuaderno para intentar disimular su falta de interés. A veces tenía la sensación de que la profesora sabía que durante sus clases Guillermo se dedicaba a pintarrajear y a pensar en sus cosas y por algún motivo le permitía hacerlo. 

Todavía faltaba mucho para acabar la clase y  la explicación sobre los pronombres personales le estaba causando un profundo estado de letargo y de sueño. Los ojos lentamente se cerraban y le costaba esfuerzo volver a abrirlos. Por si esto fuera poco sentía un irrefrenable impulso de bostezar. Mientras atravesaba una de esas crisis, vio el avión de papel sobre el libro de matemáticas. Sintió una sensación irrefrenable de cogerlo y desde la última fila  lanzarlo a volar hacia la pizarra. El avión salió de su mano volando por encima de la cabeza de sus compañeros y hacia la mitad de la clase cogió altura lo que le permitió llegar hasta el punto donde la profesora estaba escribiendo ejemplos de pronombres personales. En el instante en el que el avión llegaba a la altura de su cabeza la profesora se dio la vuelta con intención de enfatizar la parte que uno de sus alumnos no terminaba de comprender, y el avión con punta de reactor de los años setenta, impactó sobre su lagrimal y por un momento hizo que el avión se quedara suspendido en su ojo. Después cayó al suelo y la profesora lo pisó con rabia. Mientras caminaba hacia el bolso que se encontraba sobre su mesa, Guillermo comprendió que ese día tendría que dar explicaciones en casa.


lunes, 3 de marzo de 2014

Gourmet





Dada mi profesión de crítico gastronómico me sorprende la profusión de programas en los que se preparan platos altamente sofisticados y concursos donde se exige a los concursantes que preparen suculentos platos para poner a prueba su imaginación.

Para ser capaz de saborear un buen menú es necesario haber educado el paladar con cada producto, con cada matiz. No es una tarea fácil, es un arte ser capaz de disfrutar cada plato e intentar adivinar la personalidad de quien lo ha preparado. Por su forma de hacer se puede intuir el carácter del autor, hasta se puede intuir si es buena persona.

Hace algunos años que tomé la costumbre de valorar la calidad de los restaurantes que debo examinar sin salir de casa, prescindiendo de la atención del maitre o de la decoración que intuyo adecuada. Me concentro solamente  en la comida y en activar mis papilas gustativas, en descubrir esa intención oculta que contiene cada plato. Esto era así antes de la operación y no me impidió seguir trabajando. Mis opiniones se siguen tomando al pie de la letra y en determinados momentos aparece como “trendic topic” en las redes sociales.

En algunos casos mis compañeros de profesión, otros críticos de revistas especializadas, ponen como ejemplo mi capacidad para percibir ese aroma que recuerda un momento de la infancia o aquel otro regusto meloso que remite al calor del fuego en casa de la abuela.

Dicen que la cocina cada vez se asemeja más a las otras artes, al de la pintura por ejemplo, donde cada obra debe llevar su interpretación para ser tenida en cuenta, pero permitan que esboce una leva sonrisa cuando recuerdo que debido a una lacerante enfermedad me  fue extirpada la lengua, de modo que puedo sentir la comida lo mismo que un ciego puede apreciar un cuadro de Velázquez. Pero mi criterio, mi imaginación valdría decir, se sigue teniendo en cuenta como uno de las más acertadas a la hora de discriminar sabores y texturas, soy lo que se dice un profesional competente
.

lunes, 17 de febrero de 2014

Alipio





Debía tomar una decisión para la sociedad de inversiones en la que trabajaba. Se trataba de reconvertir una de las fábricas de maquinaria industrial que se encontraba en concurso de acreedores en otra fábrica similar, adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas tecnologías. Por otra parte estaba la posibilidad de recalificar los terrenos, venderlos y despedir a los quinientos trabajadores de la plantilla. A priori los números decían que la mejor opción era reconvertir, además la zona quedaría muy beneficiada con el mantenimiento de los puestos de trabajo

Conocía la historia de Alipio. Alipio vivió en Roma en el siglo IV y era amigo de San Agustín de Hipona. Deploraba los espectáculos que se daban en los anfiteatros donde se mataba indiscriminadamente personas y animales. Cuentan que una vez fue a uno de ellos y sintió la llamada de la sangre derramada en la arena y de los gritos del populacho. Volvió al circo una y otra vez sintiendo a la vez atracción y repulsión.

Cayó en mis manos el libro “Viaje al final de la noche”. Durante ese tiempo andaba con mis cavilaciones sobre el arte y la influencia que puede tener sobre las personas, sobre su comportamiento o su forma de ser. Eran pues unas consideraciones éticas.  El libro de Celine me pareció repelente pero de alguna forma ejercía sobre mí una extraña fascinación. Me parecía un libro mediocre, con una trama que no tenía nada de sorprendente y sí bastante de predecible y sin embargo no podía evitar su lectura, que iba acompañada de una extraña sensación de mal cuerpo que difícilmente se mitigada pasado un rato. Como si Celine sacara a relucir lo peor de cada uno.

Días después tuve que escribir el memorando que decidía la acción a tomar en la reestructuración de la empresa. No sé si algún libro u obra de arte puede mejorar a una persona. Doy fe que lo he buscado, también doy fe de que una vez leí “Viaje al fin de la noche” y todavía no he podido compensar su efecto devastador sobre mí y sobre todo lo que me rodeaba.

lunes, 10 de febrero de 2014

Vacaciones





Me ponía una grabación donde escuchaba al jefe echando la bronca a un subordinado u otra donde alguien abusaba de su posición de mando para reafirmarse como líder. Así pasaba mis vacaciones. Realmente mis vacaciones debían consistir en otra cosa. Una semana de relax  junto a la playa o quizá respirando el aire puro de las montañas u otras cosas que se hacen cuando se tienen unos días libres. 

Y lo cierto es que esa era la intención. Recuerdo que el año pasado en Galicia me sobrevino una profunda tristeza acompañada de síntomas psicosomáticos como bajada de tensión o subida de azúcar en sangre. Fui al médico de guardia quien me prescribió el tratamiento habitual a base de dos pastillas antes de cada comida. Sin embargo la sensación de hundimiento no remitió y tuve que ir al especialista para que afinara el diagnóstico.

Mi trabajo consiste en  trabajar y hacer trabajar por objetivos. Si las cosas no salen en plazo alguien me lo recuerda o yo se lo recuerdo a alguien enérgicamente. Es el ritmo que llevo incorporado a mi vida diaria. Durante las vacaciones si a las doce hay que estar en la playa debo estar con toalla, sombrilla y el resto de útiles. Si a la una y media se toma el aperitivo, debe ser a la una y media. Y a las tres en punto se come y el camarero tiene que estar junto a la mesa para escribir las comandas. Durante la hora de la siesta baja mi nivel de actividad y no me gusta porque me siento vulnerable y hasta con accesos de tristeza como si mi vida sin nervios fuera una vida sin sentido. Ahí comencé a sentir los primeros síntomas de ese… vacio. Luego vinieron los médicos y todo eso, hasta que un día mientras paseaba junto al paseo marítimo escuché la bronca que el encargado de una cafetería echaba al camarero. Eso me dio la idea, grabar las arengas que se dicen cuando las cosas salen mal y escucharlas a la hora de la siesta. Hay miles en internet, en todos los idiomas, sirven para motivar. En lugar de dormir me concentro y como si estuviera en una clase de yoga o de relajación me siento mecer por las voces, los accesos de razón, las honradas declaraciones de intenciones, por las verdades. 

La hora del paseo suele ser memorable, salgo totalmente relajado como si sintiera que mi vida tiene pleno sentido, una vida para poner en práctica las ideas aprendidas o reafirmar las olvidadas. El objetivo está cumplido,  disfruto plenamente de mis vacaciones.




lunes, 3 de febrero de 2014

Solo para escritores





Llegué a Detroit convencido de que iba a comenzar una nueva vida, de que mi época de mala suerte había acabado y de que en esa ciudad iba a encontrar el rumbo que en Madrid había perdido desde hacía tiempo. Al menos tendría casa. Esto es importante cuando te has quedado colgado de una hipoteca y tienes deudas y un coche que no anda. Bueno ya sabéis de qué hablo. El caso es que la oferta era muy tentadora, bastaba con ser capaz de colaborar habitualmente en un blog comunitario de la ciudad o de enviar una serie de relatos a una empresa que gestiona el conocimiento generado por unos cuantos cientos de escritores venidos de todo el mundo.

Detroit fue una de las ciudades industriales más importantes de Estados Unidos donde se asentaron empresas automovilísticas como la Ford o la General Motors. También era conocida por sus memorables combates de boxeo y por ser la ciudad donde nació Joe Louis. Ahora es una ciudad fantasma. Desde que los japoneses y los coreanos comenzaron a fabricar coches baratísimos Detroit se fue a la porra y gran cantidad de barrios quedaron despoblados. Pero sus casas quedaron en pie.

De eso se trata, de habitar casas deshabitadas que todavía se conservan en buen estado. Las dan en propiedad a los dos años de contribuir para la comunidad dando rienda suelta a todo el impulso creativo que llevamos dentro. El objetivo es describir un gran fresco sobre la evolución que va a sufrir la ciudad hasta convertirse en la ciudad mundial de la creatividad y de la literatura. Además al principio y mientras se asientan las bases de la escritura en inglés, se puede intentar en español. Me he encontrado con cinco bloggers madrileños hijos de la crisis como yo, dando forma a ideas sobre fábricas ruinosas o paredes llenas de pintadas. El tono apocalíptico suele dar mucho juego y hay mucho hispano en crisis.

Lo primero que encontré al llegar a la casa que me asignaron fue un perro, que podía ser de los antiguos dueños. Merodeaba por el jardín y de vez en cuando se quedaba parado desafiante frente a la puerta. Me sentía como si la casa perteneciese más al perro que a mí. Yo no era más que un mero okupa. Intenté en vano hacerme amigo suyo.

Inicialmente la principal actividad consistió en empaparme de la atmósfera de la ciudad, a veces peligrosa, muy fría, muy sucia, que sirviera como punto de partida a una serie de historias que había intuido y que paulatinamente se irían desarrollando en mi cabeza. De entre las calles llenas de suciedad me iba fijando en los botes, en los residuos de sus electrodomésticos y en todas aquellas cosas que un día habían tenido un significado. Una mañana el fuerte viento trajo hasta mis pies un papel arrugado, ruinoso como algo fósil. En una de sus caras venía escrito el nombre de una librería y una lista de nombres desconocidos.

Estaba especializada en novelas de suspense y en autores jóvenes. También patrocinaban un concurso literario y promocionaban y publicaban relatos. La crisis se la había llevado por delante. Quise saber qué fue de aquellos nombres pero no encontré ni un libro, ni una reseña, nadie a quién preguntar. La librería se encontraba en el interior de un centro comercial relativamente próximo al barrio donde vivía. Lo que quedaba del enorme edificio eran unas descarnadas paredes de hormigón y unos huecos vacíos donde antes debían estar unos grandes ventanales.

Me adentré por los pasillos, por la bolera donde todavía se podían distinguir las pistas con el suelo de madera levantado y los raíles de las bolas arrancados o desaparecidos. Al final de la nave encontré un cartel desvencijado que anunciaba la librería. Empujé la puerta entreabierta no sin cierto esfuerzo hasta que pude ver el interior atestado de libros tirados por el  suelo. Miré sus títulos, sus autores, todos los nombres estaban allí. Decidí rescatar algo, algunos volúmenes, quizá algo de su memoria. 

Prolongar su historia, no sé si su agonía,  ese es mi punto de arranque.







martes, 21 de enero de 2014

La hija de Oppenheimer




Solía estar junto a la puerta del patio, en la calle, sentada, fumando… Su aspecto no era malo, no tenía un aspecto decrépito, sin embargo no daba la impresión de estar, digamos, saludable. Tenía el pelo corto y cano y una mirada que solía fijar en un punto, como de profunda concentración entre calada y calada.  Si te quedabas mirándola, daba la impresión que en sus pupilas era capaz de captar la esencia de las cosas. Como si de un vistazo fuera capaz de escudriñar la materia y transportarse al fondo. Me gustaba pensar en ella como una persona que era capaz de comprender donde los demás difícilmente vemos indicios de algo.

En cierta ocasión ví una foto de Oppenheimer el eminente e inquietante físico. Eminente porque debía ser muy bueno en su especialidad atómica y también porque era capaz de llevar a cabo grandes proyectos. Inquietante porque el principal proyecto que dirigió fue el proyecto Manhattan, el de las bombas atómicas, y porque además y por si fuera poco tenía impulsos homicidas. Y sin embargo la mirada de Oppenheimer era muy parecida a la mirada de la anciana de la residencia.

A veces me ponía en el otro extremo del patio y la observaba. Observé que siempre fumaba y que miraba con la misma intensidad y era como si viviéramos en mundos paralelos e irreconciliables. Una vez coincidí con ella en el ascensor pero no levantó la cabeza y casi lo agradecí.

Un día dejé de verla y también al siguiente y al otro. No pregunté, preferí no saber qué había sido de su vida. Me aventuré a pensar que esa mujer una vez miró a los ojos de una persona, tal vez un novio o un amigo y al mirar comprendió al microscópico nivel de los átomos y las moléculas la materia de la que estamos hechos los humanos, nuestras inquietudes, nuestras voluntades y al verlo prefirió callar.

jueves, 16 de enero de 2014

Transporte





Sí, hasta ese día no fue capaz de darse cuenta de la realidad en la que se encontraba. Era muy temprano y se montó en el autobús que cada día la llevaba al trabajo. Unos días atrás había sentido un malestar considerable. No exactamente cuando se montaba si no un poco más tarde. Ella lo achacaba a la falta de estabilidad del vehículo o quizá a la impericia del conductor. A veces la parte de atrás  despedía un mareante olor a gasolina o a algo parecido.

Pero esta sensación se fue repitiendo con más intensidad. Siempre hacía la misma rutina. Salir de casa, bajar ligeramente por la calle de Francisco Silvela y llegar hasta la plaza donde se encontraba la parada. Normalmente no había mucha gente ni era mucho el tiempo de espera. Sin embargo ese día lo comprendió. Fue subir al autobús, sentarse y comprobar que no podía soportar la presencia de nadie a su lado. Que el hecho de sentir una respiración o un ligero movimiento era suficiente para generarla un profundo desasosiego .

Una vez tomada conciencia del problema, intentó sobreponerse a la proximidad y a la presencia de otras personas. Cada día intentaba interiorizar el momento de sentarse, de ver el asiento, de observar el color granate del material plástico con el que estaba hecho, sus imperfecciones y suciedades. Luego observaba a los demás. Incluso observaba a los demás intentando ver ese detalle que le permitiera ponerse en su lugar. Pero luego el autobús continuaba su marcha y el traquetreo hacía que volviera a aparecer ese malestar que aumentaba a medida que el habitáculo se iba llenando. Piensa que podrá superarlo.


lunes, 13 de enero de 2014

Hermanas





Tres ancianas viven en el tercer piso de una casa vieja sin ascensor. Su vida son ciclos diarios y repetitivos. Por la mañana se levantan a la misma hora. Una de ellas se preocupa de la intendencia, de saber lo que van a necesitar para comer ese día. Llama por teléfono al tendero del barrio que le sube el pedido. También se ocupa de llevar la cuenta de las medicinas. La otra limpia un poco. La tercera prepara la comida. Hace un tiempo iba un familiar a comer todos los Domingos pero ha dejado de ir. 

Después de  comer friegan los platos y se sientan en el amplio sofá del salón a ver el programa de cotilleo de la tele. No pasan cinco minutos antes de quedarse dormidas. Cada una de ellas  se sienta en su sitio habitual con su manta y siempre en la misma postura. Después, casi sin hablarse, se acicalan un poco y salen a la calle de paseo. Es de ver que al salir las tres van agarradas del brazo por la acera. Unas aceras no demasiado anchas donde de vez en cuando surgen problemas con algún peatón que pretende pasar. En  ese caso una de ellas, la más joven que suele ir en uno de los extremos, relaja ligeramente el brazo que sigue sujeto al brazo de su hermana y gira su cuerpo para ceder el paso.

Hace un año la menor de las hermanas se paró en un kiosco a comprar un cupón de lotería. Pensaban que un día les tocaría la lotería y que ese dinero les ayudaría a tener su propio piso, a ser independientes, a llevar otra vida. Ese día la hermana mayor se soltó del brazo de su hermana para llegara al kiosco y pidió el cupón del Viernes mientras se agarraba al mostrador. Al guardar la cartera en su bolso, vio a sus hermanas derrumbarse sobre la acera como se derrumban los edificios viejos. Ella misma no se atrevió a soltarse del mostrador. Sus ojos cansados miraban sin reaccionar, incrédulos, con la certeza de que era demasiado tarde para casi todo y de que la misión que les queda por cumplir, la de cada una de ellas, es la de sujetarse físicamente unas a otras.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Wayne




John Wayne acabó bastante cansado de La Diligencia, de John Ford y decidió darse un respiro de su compañera Claire Trevor así que en una de las raras reposiciones que pusieron de la película  en el cine Benlliure de Madrid, decidió salir de la pantalla y darse un garbeo por la ciudad.  Salió a hurtadillas de la pantalla, se sacudió el polvo del camino de Monument Valley y se puso la ropa de paisano del chico que vendía palomitas en el cine y salió a la calle Alcalá. Aquello fue todo un descubrimiento, primero porque al salir a la calle comprendió que pese a pensar en inglés sureño la voz le seguía saliendo doblada y en castellano. Se resignó al cambio de voz y en la ciudad se encontró con un descubrimiento tras otro, conocía los coches de finales de los treinta y las diligencias del  siglo pasado, pero estos vehículos modernos eran completamente diferentes por no hablar de los teléfonos sin cables.

Decidió que esta era una época que merecía ser explorada. Le costó encontrar trabajo y acabó de portero en una discoteca para guiris de la Gran Vía. No había perdido el toque de humanidad ni tampoco la pegada. Afortunadamente no tuvo que aprender el manejo de armas blancas o de otras artes traídas de oriente y hechas para la fractura de huesos. Además mitigaba fácilmente su soledad con compañía femenina. Tenía facilidad con las chicas y a una novia le seguía otra y así. No era una vida fácil ni difícil, pero una vez hubo puesto orden en la puerta de la discoteca no se le ocurría otra ocupación u otra motivación. Echaba de menos su vida de galán de cine, sus martinis y esas cosas que hacen que la vida sea de otra manera. Ya había pasado un año desde que apareció por aquí.

Inquieto por naturaleza pensó que había llegado la hora de regresar, así que fue al cine Benlliure. Pero no es buena época para las películas ni para los cines. En lugar del cine se encontró una tienda de libros. No le importó demasiado, no era una persona que se dejara impresionar fácilmente. El interior de la librería era exactamente igual que la del cine pero sustituyendo butacas por estanterías. Al menos no lo habían convertido en otra tienda de ropa. Mientras rodaba La Diligencia había visto a John Ford leyendo un libro de un autor que por el apellido supuso que podría ser francés. Intentó recordarlo, recorrió todas las estanterías, tardó un día en ver el nombre del autor escrito en la solapa de un libro, Guy de Maupassant, tuvo suerte era, “Bola de sebo y otros relatos”. Se sentó en una de las butacas que había para que los clientes pudieran descansar u ojear algún texto. Comenzó por el relato que daba título a la colección para saber de qué iba y antes de que se quisiera dar cuenta ya lo había terminado de leer. No es un relato largo. Había un parecido evidente entre la película de la que se había escapado y ese relato. Se sorprendió al comprobar cómo Ford había podido transformar la feroz historia de los viajeros de una diligencia del siglo XIX durante la guerra franco-prusiana en una película del oeste, con indios y médico alcohólico. Wayne quiso comprobar cómo sería el equivalente a su novia Claire Trevor que en el relato era precisamente el personaje llamado Bola de Sebo o el suyo llamado Cornudet que era  revolucionario y azote de mentes conservadoras. Decidió que no le vendría mal irse a dar una vuelta por la Francia del siglo XIX acosada por los prusianos y por el hambre. Había llegado el momento de desentumecer músculos.



martes, 3 de diciembre de 2013

Amor Eterno





Era difícil resistirse a sus encantos, más difícil era llevarla la contraria o manifestar un desacuerdo. A veces era un auténtico reto. Una tarde decidió que debíamos ir al cine a ver una de esas películas románticas que tanto la gustaban. Normalmente solo veíamos películas de este corte pero esta vez me negué, discutimos y ella se marchó. Entendí que era una cosa pasajera. Ese día me sobrevino un considerable dolor de cabeza acompañado de mareos que me impidieron caminar y salir de casa. Veinticuatro horas más tarde me recuperé y nos reconciliamos. 

Pasó un mes antes de negarme a ir a casa de sus familiares para celebrar un cumpleaños. Me aburren las reuniones familiares. Ella argumentó razones que a mí se me antojaban peregrinas, hasta que salieron a relucir reproches que venían del pasado. Me marché no tenía sentido otra discusión. Esa tarde tuve un violento dolor en el estómago. Medité sobre lo ocurrido. El dolor y la soledad pueden ser un bálsamo para reconocer errores propios o ajenos.

Unos días después volvimos a reafirmar nuestra relación. Le confesé lo que me había pasado, a lo que ella me contestó que debía haberla llamado, que no tenía sentido mantener el enfado más tiempo del necesario. Como si hubiera un tiempo necesario para cada enfado.

Pero lo cierto es que la rutina comenzaba a apoderarse de nuestras vidas y pensé seriamente en dejar nuestra relación. No era un capricho momentáneo es solo que esta vez la tentación de dejarlo era más fuerte. Pensaba que carecía de sentido seguir juntos y que no era necesario continuar. La decisión estaba tomada. Así que un Sábado por la tarde le conté lo que me rondaba por la cabeza, procuré ser lo más honesto posible. La escena fue menos dolorosa de lo que había imaginado, ella se lo tomó con cierta resignación. Nos despedimos. Realmente no había muchas cosas que nos unieran. 

Tres días después me desperté en la cama de un hospital. Me dijeron que había tenido un ataque y que llevaba un tiempo en observación, que había estado cerca de irme al otro barrio. Me hicieron todo tipo de análisis pero los resultados no evidenciaron anomalía que pudiera considerarse causa de este quebranto. Una tarde ella vino para interesarse por mi estado y también vino para que reconsiderase mi actitud, para que intentara comprender que todo había sido un arrebato pasajero y que debíamos reanudar nuestra relación. También me juró amor eterno.


lunes, 25 de noviembre de 2013

Una de Walter Benjamin





Albert quería superarlo. Quería leer aquel texto de Walter Benjamin cuyo tema sobre la cultura le apasionaba pero intuía que era un difícil compañero de viaje. Sabía dónde se encontraba exactamente el libro, sabía que estaba en una estantería en casa de su madre que él había dejado hacía unos años. Ocurre que cuando algún libro no le interesaba solía dejarlo en casa de su madre. No deja de ser una forma de deshacerse de ellos. Puede ocurrir que acaben en una fundación, pero eso pasa cuando uno es famoso y dan ayudas públicas. No es el caso y además una fundación no es nada más que otra forma de alargar la agonía de los libros y de las cosas.

Albert se concentró en Walter Benjamin y en el reto de leer ese libro. Los antecedentes en pequeño tonelaje, entiéndase artículos periodísticos, jugaban en contra. En algún momento, recordaba uno aparecido en el diario El País,  había estado a punto de comprender lo que decía. Comprender de principio a fin. Bueno, eso creía él. Pero en el último momento, en el momento en el que parece que solo faltaba extraer la conclusión, Walter escribía un último párrafo que descolocaba todo el conocimiento que con gran esfuerzo se había ido cimentando. La conclusión era una extraordinaria sensación de impotencia. Y así fueron las veces que lo había intentado.

El libro constaba de tres partes y el arranque fue, como siempre era, prometedor. Comenzaron a pasar ideas, conceptos de otra época contados morosamente, como en la época en la que el tiempo corría más despacio y el escritor, y el lector podía demorar el final de un silogismo y estaba muy bien hasta que dejado llevar por el torrente de palabras los primeros indicios de sopor se hicieron presentes. Y era extraño porque era primera hora de la mañana y había descansado bien, pero el ritmo de la prosa le hacía mecerse como en un soniquete de alta cultura. No obstante fue a la cocina y se preparó un café y luego otro y miró el reloj y siguió leyendo. Pero algo había cambiado en el ritmo de la prosa… o era el mismo. Difícil saberlo. Se esforzó por volver a encontrar la voz interna que había perdido y le pareció que como ejercicio musical era extraordinario, pero cuando finalmente logró terminar de leer el texto, se dio cuenta que dejándose llevar por el torrente de la prosa no había entendido nada de lo que el bueno de Walter había querido decir. Quizá la vocación oculta de Walter Benjamin fue la de músico.


martes, 19 de noviembre de 2013

Conducir





Llevaba conduciendo varias horas. Las cosas no iban bien. Debía llegar a mi destino antes de las siete de la tarde. Al principio fui por la autovía de dos carriles, ancha, irregular con bastantes curvas, no curvas cerradas pero curvas que me impedían relajar. Al principio puse la radio, estaban dando la noticias. Eran las noticias de siempre, cambiaban los nombres pero la temática era la misma, los mismos casos, las mismas injusticias. Al final venía las noticias de deportes. Luego un programa de opinión. Los programas de opinión me suelen aburrir y la consecuencia es el sopor y el sueño. Comencé a tener sueño. Cambié de emisora, puse otra donde emitían música. Me comí un caramelo y el tonillo de Lady Gaga me sacó del sopor pero solo por un momento. Era consciente que no había descansado bien y cuando soy consciente de que no descanso bien me suele dar sueño. Llámalo sugestión, llámalo cansancio. Paré en un bar de carretera junto al que se encontraba una residencia de ancianos y un puticlub. Tomé un café y me quedé observando a unos clientes mientras echaban una partida al tute. Pero no fumaban. Ya no dejan fumar en los bares.

Volví a subir al coche e intenté dormir un poco, pero debí haber intentado dormir antes y haber tomado el café después. Eché el respaldo del asiento para atrás y cerré los ojos. Un rato más tarde comprendí que era imposible dormir. Arranqué el coche, puse a los Radiohead y continué. Treinta kilómetros después tomé el desvío por una carretera secundaria, llana, bien asfaltada, con pueblos espaciados. Comencé a pensar en lo que tenía que hacer cuando llegara a mi destino. Hablar  con uno, luego con otro, en general eran rutinas que no me aportaban nada y que me suponían un esfuerzo y un considerable nerviosismo. Porque eran cosas que no quería hacer. En un tramo con curvas un coche bastante grande, negro y muy potente se puso detrás, pegado, sin guardar distancia de seguridad, apretando en la trazada. Porque no podía adelantar ya que había muchas curvas. Yo conocía la carretera y sabía que al final de esa cuesta, un poco más adelante, había una larga recta. Aceleré todo lo que pude pero sabía que sería adelantado fácilmente. Durante ese instante de impotencia, no sabría decir por qué, me vinieron a la cabeza muchas cosas que juntas me producían un tremendo malestar precisamente en ese momento, cosas de la vida, de cada día, quizá de la propia impotencia. No fue algo premeditado, no era algo que desde un principio pensara haber hecho, pero esa rabia que el mundo me producía durante un instante se concentró en mi cabeza e hizo, no se por qué, dar un volantazo a la izquierda en el momento en el que el coche me rebasaba e hizo que saliera fuera de la carretera, perder totalmente el equilibrio y dar varias vueltas de campana. Todavía no me explico lo que me pudo pasar, todavía no sé lo que les habrá ocurrido a los ocupantes del coche, ni cuantos eran.


martes, 12 de noviembre de 2013

Teorema





A Ender Gustavson le pagan por pensar. Su cerebro inventa relaciones que podrán ser aplicadas en cualquier rama de la técnica o de la ciencia. Aquella mañana andaba enredado en un teorema de teoría fractal y sorprendentemente encontró la solución en apenas dos semanas de profundo pensamiento. No se le pasó por alto el detalle de que esa solución que había nacido de la intuición debería ser demostrada. Pero esa noche se fue a dormir confiado en que había terminado la parte más laboriosa.

Al día siguiente se enfrascó en la tarea de confirmar la validez del teorema y comenzó según costumbre a definir supuestos y probarlos para ver si el razonamiento fallaba, en cuyo caso sería descartado. Cada intento lo escribía en papel que depositaba al albur sobre la mesa. Era de ver la materialización de sus pensamientos en forma de folios. Al principio de a poco y progresivamente aumentando en forma de estratos hasta unos niveles que ni siquiera  Gustavson acostumbrado como estaba al desorden pudo controlar. Lo que más le aterraba era la incapacidad que sentía de seguir la hilazón que le llevaba de un folio a otro, de un razonamiento a otro. Estaba perdido en su propio laberinto.

Unos días después intuyó que las partes de que estaba compuesta la solución ya las había analizado y  se encontraban allí, sobre esa masa ingente de  papeles y documentación, pero que al igual que le pasa al entomólogo que intuye la existencia de un insecto por determinados indicios, encontrarlo puede ser fruto tanto del empeño como de la casualidad. Entrevió que lo único que podía aportar era un amasijo de papeles desordenados de manera precisa, porque sabia que la solución participaba de la forma en que estuvieran colocados. Convino en que a veces la solución a determinados problemas implica un caos.


martes, 5 de noviembre de 2013

Sonidos de la ciudad





Hay noches en las que un ruido me sobresalta. Estoy dormido, acurrucado entre las sábanas y un sonido llega de la parte alta de la calle,  “ploom”. Un poco más tarde oigo un sonido similar, y un poco más tarde vuelvo a oír otro similar. “ploom”, “ploom”. Los intervalos entre uno y otro son parecidos. Una vez despierto, me acurruco en la cama y espero.  En verano, con la ventana abierta es fácil percibir los matices de los sonidos. La luz de una farola entra en la habitación, tiene un color blanquecino, ligeramente metálico, inhumano, tamizado por la persiana . 

Cada vez se escucha con más nitidez porque se acercan y se perciben más matices, el sonido de cartones, la distorsión de las bolsas como de cosas que caen al suelo. Normalmente los ruidos son secos y no permanecen en el tiempo, algo que se cae, algo que se rompe. No se oyen diálogos, ni voces, si acaso una respiración o un suspiro. Este patrón sonoro se rompe a medida que el sonido va haciéndose más diáfano, en esos momentos se siente como alguien horada, escarba, se intuye el roce de unos materiales sobre otros. También se escucha el sonido de las ruedas de un carro metálico y la colocación de objetos en su interior y las pisadas de alguien que empuja. En la cama cierro los ojos e intento adivinar el momento en el que se escuchará el siguiente “ploom”. Este sonido de plástico, de tapa que se cierra y que cuando se escucha debajo de la ventana emite una cierta vibración que mantiene la cadencia. 

Posteriormente se aleja y los matices se pierden y el caer de los objetos al suelo resulta más lejano y ya no se oyen pisadas, ni fricción, ni ruedas de carro. Vuelvo a abrir los ojos cuando el sonido se ha desvanecido y pasa algún coche. A veces, no muy lejos, se oye la sirena de una ambulancia. En el techo de la habitación se sigue viendo la luz tamizada por la persiana que entra de la calle, una luz blanca y siento un ligero escalofrío aunque estemos en verano. Me tapo con la sabana e intento dormir.

martes, 28 de mayo de 2013

Sobre rotondas, preocupaciones y fuerzas centrífugas





A veces cuando me pongo nervioso y tengo la sensación de que los problemas me abruman, hago rotondas. Me monto en el coche y me voy a una rotonda grande que tengo cerca de casa y comienzo a dar vueltas. Hubo una época en que a los urbanistas les dio por poner rotondas. Antes no había, te limitabas a cruzar la calle donde el semáforo te acompañara. Pero en esta época en cada cruce de barrio se pone una rotonda, preferentemente con una fuente en medio y  con salida de agua a  modo geiser de diversas inclinaciones y alturas.

En una rotonda de estas características me acerco con el coche y comienzo a dar vueltas esperando que todo lo que me abruma o me molesta aparezca. Normalmente comienzan por salir las pequeñas cosas que aparentemente no tienen importancia, ese impreso que hay que llevar a algún sitio o esas cuentas domésticas que no terminan de cuadrar. En una vuelta de rotonda la fuerza centrífuga, esa que tira hacia fuera en los giros y nos hace derrapar en las curvas, agarra preocupaciones y las expulsa más allá de la plaza incluso más allá del barrio. Después vienen los asuntos laborales que pueden suponer ese punto de nerviosismo justo y puntual. Una o como mucho otra vuelta. Los asuntos familiares suelen venir después y están asociados a la enfermedad y al paso del tiempo de los seres queridos y a los de uno mismo. Cuidado !!!! Un camión ha intentado salir desde el carril interior. Incluso en fases meditativas hay que estar atento al momento preciso, para no seguir a las preocupaciones que hayan sido expulsadas. Y por último pueden llegar, no siempre lo hacen, los problemas existenciales sobre dónde vamos, para qué sirve todo esto, qué estoy haciendo con mi vida, esas cosas. No es algo a lo que le de muchas vueltas, en este caso con media vuelta arreglado. Después de que aparentemente todas las miasmas hayan salido, doy una vuelta de reconocimiento para comprobar, una vez más, que los problemas más persistentes son esos primeros del día a día que no tienen una importancia aparente pero que siguen perturbando. Para esos casos reservo dos últimas vueltas un poco más fuerte para meter más fuerza centrífuga a los problemas, hasta que por su propio peso salen despedidos.

Una vez realizada la purga mental, salgo de la rotonda, aparco el coche y llego a casa fresco como una lechuga. 

martes, 21 de mayo de 2013

Surrealidades



Como cada Domingo salí a la calle a ganar un sobresueldo. Mi trabajo de vendedor de cupones no da lo suficiente para mantener a mi familia de modo que cada domingo me pongo la camisa más raída que tengo, un sombrero viejo y agarro el bastón de invidente. No llevo perro lazarillo porque nunca he tenido el dinero suficiente para tener uno. El oficio de mendigo es un trabajo al que le auguro mucho futuro.

Me coloco en aceras donde haya movimiento de personas junto a sitios emblemáticos de Madrid que sean frecuentados por turistas. Suelo llevar una bandera de España en la camisa para dar a entender que es pobreza del país. Además sirve para dar un tono exótico a ojo de viajero. El domingo pasado estuve toda la mañana por los alrededores del museo de arte Reina Sofía. Lugar donde exponen obras contemporáneas y de vanguardia. Los aledaños están vigilados pero en determinadas circunstancias permiten una mendicidad moderada, que no muestre miembros amputados o rostros deformes. Los ciegos todavía estamos en el rango de los aceptados. Además durante estos días hay exposición de Dalí, dicen que de las más completas que se han montado. Eso quiere decir mucha gente.

Al poco rato de colocarme en actitud mendicante sentí un punzante dolor de cabeza y alguna palpitación que inicialmente lo achaqué al poco desayunar. Lo intenté mitigar tomando un café con leche en un bar próximo. Volví a mi puesto pero el malestar se agudizó. A medida que avanzaba la mañana sentía perfectamente los latidos sobre las sienes y un cierto tembleque en manos y piernas. Difícilmente podía agradecer las dádivas o dar una mínima conversación a quien algo preguntara. A lo anterior se unió, como decirlo, unas ciertas visiones extrañas, luces, sombras, rostros que aparecían y desaparecían e inevitablemente tuve la sensación de que estaba siendo observado. Me di una vuelta hasta la cercana estación de Atocha para relajarme, para intentarlo. Apenas unos metros más allá y el malestar cesó. No podía suponer la causa de lo que me estaba sucediendo. Sería la edad, el calor. Volví a mi sitio junto al museo y otra vez reaparecieron las visiones, las caras extrañas y los pensamientos sin hilazón que iban adquiriendo un tono más real y esa sensación  de que alguien desde algún sitio se estaba metiendo en mi cerebro, revolviéndolo todo, salvaje, incesantemente.

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martes, 14 de mayo de 2013

Bombillas




No me preguntéis cómo lo sé, pero la bombilla “Full spectrum daylight bulb 45 watt screw” tiene dos aplicaciones fundamentales, sirve para hacer unas extraordinarias fotografías en blanco y negro de interior por el tamizado de tonos y el suavizado de  contrastes y al mismo tiempo y por su capacidad para reproducir el espectro lumínico, es ideal para el cultivo de marihuana donde por su clandestinidad no sea posible acceder a los rayos del sol.


martes, 7 de mayo de 2013

Sugar Man





Detroit. Mi padre ha pasado su vida trabajando como obrero no cualificado tanto en las cadenas de montaje de la General Motors como en la construcción o en los restaurantes de comida rápida. Siempre ha preferido ejercer trabajos para los que no hiciera falta ningún tipo de especialización salvo resistir el frío o los malos olores o la suciedad. No era por necesidad, era una opción. Lo veía llegar a casa agotado después de cada jornada laboral pero con buen humor. No me preguntéis por el motivo de dedicarse a este tipo de peonadas, no sabría decirlo. Dice que el trabajo duro le mantiene en forma. Así fue desde que yo era pequeña. Un día nos reunió a mis hermanas y a mí y nos dijo que le acompañáramos a Ciudad del Cabo porque le habían contratado para dar una serie de conciertos!!!. Resulta que allí era un músico muy conocido.

La llegada a Sudáfrica fue apoteósica, recibidos por toda la parafernalia que rodea a una estrella de rock, montones de fans, periodistas, rodeados por gente que se interesaba por nuestras anodinas vidas. Fueron ocho conciertos y nueve mil personas diarias entregadas a su música y a su persona aplaudiendo entusiasmadas cada una de sus canciones; generando ese estruendo que se produce cada vez que ocurre algo verdaderamente importante y que solo había visto por la televisión o en las afueras del campo de los Lions, el equipo de fútbol.

Fue una semana magnífica, se podría decir que irreal, pasada la cual volvimos a Detroit donde mi padre repartió el dinero que había ganado entre nosotras y entre diversas organizaciones benéficas. Dudo que se quedara algo. Unos días después encontró un trabajo en la lavandería de un motel situado junto al río. Entraba a las cuatro de la mañana y al menos no pasaba frío. El otro día estaba en casa atizando la estufa de leña junto a la que se encontraban algunos palos recogidos de los contenedores. Recuerdo que llevaba el abrigo puesto, un gorro con orejeras y unos guantes de lana sin dedos. Los inviernos son muy duros en Detroit.





martes, 30 de abril de 2013

Propuesta para resolver el desempleo





Me desperté con el  mismo nudo en el estómago con el que me levanto siempre que tengo que ir a sellar la tarjeta del paro. Es una sensación de malestar que me asalta en el mismo instante en el que abro los ojos acompañado de un ligero sobresalto. Luego se pasa. 

Una hora más tarde me encontraba en la cola de desempleados que es cada vez más numerosa y triste, rodeado de personas resignadas que visten ropas de apagados colores . ¿No os habéis fijado en el color de nuestra ropa cuando estamos en la cola? Como si hubieran pasado una veladura que nos difuminase, que nos hiciera menos reales.

Me llamó la atención el ver que los compañeros que salían de la oficina después de cumplir el trámite estaban más animados y eso era una buena noticia. Salían con una bolsa de plástico que contenía una caja de cartón en su interior. Sabía que algunas asociaciones benéficas repartían alimentos y no era descabellado suponer que hubieran puesto un dispensario en el que a falta de trabajo nos dieran una barra de pan y un kilo de arroz.

Cuando llegó mi turno entregué la tarjeta que sellaron para tres meses. Otros tres meses de nada.  Al  solicitar la dotación alimenticia el mismo administrativo me dijo que tenía que informarme de los cambios que se habían producido en la normativa para reducir el desempleo. Me informó que todos los afiliados al paro tenían derecho a percibir un fusil de asalto del tipo Imi Galil, que según parece es uno de los más recomendables del mercado, acompañado con dos cargadores de veinte balas cada uno. Se habían ahorrado las de fogueo. ¡ Para qué!   Automáticamente comencé a vislumbrar extraordinarias posibilidades. No hizo falta que el asesor me indicara instrucciones de uso ni el objetivo de esa iniciativa. Se me quedó mirando a los ojos y con su dedo índice desplazó lentamente una nota sobre el mostrador. Decía: "Comenzar por los vecinos"

jueves, 25 de abril de 2013

Fecha de caducidad





Se están produciendo fenómenos extraños en los supermercados. Hemos constatado que hay zonas donde los productos tienen una fecha de caducidad el doble de larga que en otras zonas de un mismo supermercado y lo más extraño es que ambas están calculadas con arreglo a la legislación vigente. Esta zona de largas caducidades es la llamada zona económica o de super ofertas y se diferencia de la otra llamada zona estándar o normal. Así por ejemplo el mismo yogourt que fortalece la flora intestinal y mantiene el estado de ánimo sin sobresaltos, caduca el doble de tarde en las áreas económicas, a pesar de que los envases parecen tener ligeras magulladuras y rasponazos o carecer de etiqueta. Otros productos naturales como puedan ser las naranjas en la zona económica no siempre tienen color naranja, a veces son ocre y con un tacto quizá demasiado suave.

Para ahondar más en estas paradojas, se puede asegurar que los clientes de unos y otros tienen aspectos diferentes; reconocido el colectivo económico por sus ojos acuosos y ligeramente enrojecidos acompañado de un color pálido de piel. También su indumentaria tiende al deshilachado y a una cierta aspereza en el paño. Estamos en fase de asegurar que estas personas generan unos anticuerpos que les hacen más resistentes. Y la prueba está en su alto índice de tolerancia a productos, no en mal estado, sino con alta fecha de caducidad. Son cuerpos que se han acostumbrado a las decoloraciones y al olor fuerte de los alimentos. Y es un reto averiguar la biología que subyace a cuerpos que resisten perfectamente este tipo de productos, resultado de inconcebibles cambios.

La conclusión que se extrae es puramente genética por las mutaciones muy beneficiosas que están produciendo. Hay quien piensa que este colectivo no compra medicinas por carecer de medios económicos he incluso hay quien piensa que estas zonas especiales se encuentran fuera de los establecimientos, junto a los contenedores e incluso dentro de ellos. Pero yo creo que los designios de la genética, junto con los de dios nuestro señor, son inescrutables.


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