lunes, 18 de julio de 2016

Condenado a muerte







Esta mañana me he despertado recordando que soy una persona condenada a muerte y que la sentencia se cumplirá mañana por la mañana. Así que, como cada día, me duché, fui a la cocina y desayuné con mi mujer e intenté comportarme como si fuera un día como otro cualquiera. De hecho al salir a la calle ya se me había olvidado completamente que era una condenado a muerte. Pero claro, sucede que los demás, todos ellos quiero decir,  mi familia, amigos, compañeros de trabajo, hasta el camarero del bar, todos ellos, saben que mañana habré terminado.

Y en el trabajo los compañeros intentan comportarse como cada día pero al final notas esa mirada de conmiseración que te hace pensar que lo saben y después viene un silencio y a veces esa pregunta devastadora, “¿cómo te encuentras?”, momento en el que dejas esa automática respuesta en el aire a la que procuras no dar ningún énfasis pero que contiene un trasfondo devastador.

- Bien, bien.

Y lo hacen porque son conscientes de que te has olvidado y ellos no quieren que lo olvides. Las personas que están junto a ti no quieren que seas ajeno a tu destino y se preocupan. Así que con el paso de las horas vas notando la “terribilitá” de una situación que a mí no me afecta pero que a los demás les trastorna el comportamiento y la forma de ser.

viernes, 20 de marzo de 2015

Vuelta a casa





Llegué al rellano de la escalera y todo estaba tal y como  lo recordaba. El suelo de madera escaso de barniz y las paredes a las que les falta una mano de pintura o quizá más de una. Los escalones no estaban especialmente limpios, ni sucios. Como tenía por costumbre metí la mano en el bolsillo de la chaqueta buscando las llaves, pero las llaves, claro, no estaban allí. Se encontraban en la mochila que durante todo este tiempo me había acompañado. 

Abrí la puerta lentamente como si quisiera encajar mi recuerdo con la realidad. Lentamente. La penumbra del pasillo me dio la bienvenida a su manera mientras notaba una ligera sensación de humedad y ese indefectible olor a casa deshabitada. Recorrí el pasillo hasta llegar a la que había sido mi habitación. La cama de madera y al lado la mesa sobre la que se encontraba el teclado de ordenador. Presioné ligeramente una de las letras, la Q, pasé la palma de mi mano sobre el respaldo de la silla. Subí la persiana y la tenue luz de atardecer se reflejó sobre el cuadro abstracto que cuelga de la pared y sobre los libros de la estantería. Recuperaba sensaciones de cuando todos esos objetos formaban parte de mi vida.

Me senté en la silla y noté mi respiración mientras repasaba todos las cosas que me rodeaban, objetos conocidos, objetos sugerentes que alguna vez habían formado parte de mí y que a su manera todavía tenían algún significado. Acerqué la silla a la mesa. Encendí el ordenador, la pantalla me pareció más pequeña y con más brillo de lo que era capaz de tolerar sin tener que entreabrir los párpados.

Ya ha pasado más de un año desde entonces. Quién lo iba a decir.




lunes, 10 de marzo de 2014

El avión de papel





Guillermo estaba en clase de lengua y le aburría la clase de lengua, así que lentamente pasó un par de hojas de su cuaderno marca Enri y arrancó la siguiente. Debía tener cuidado porque la profesora tenía malas pulgas y porque le podía poner uno o dos puntos negativos en la evaluación y porque, lo que era peor, podía escribir una nota a sus padres. Y sus padres estaban cansados de recibir notas y el lo sabía. Así que con mucho cuidado arrancó lentamente una hoja y mirando de reojo alrededor comprobaba que sus compañeros mantenía una fingida atención a las explicaciones de la profesora. Guillermo tenía la capacidad de atender aunque estuviera haciendo otra cosa, incluso aunque la materia que dieran le aburriera completamente. 

Con parsimonia fue doblando la hoja de papel. Primero por una esquina, después por la otra, luego doblándolo por la mitad un lado y otro y así hasta que el avión estuvo terminado. Pensó que le había costado menos tiempo hacerlo de lo que había previsto. Lo dejó en el cajón que se encontraba debajo de la mesa sobre el libro de matemáticas y por un momento pensó en la geometría que acababan de dar y en el avión de papel que debía ser completamente geométrico y hasta aerodinámico. Escribió algo en el cuaderno para intentar disimular su falta de interés. A veces tenía la sensación de que la profesora sabía que durante sus clases Guillermo se dedicaba a pintarrajear y a pensar en sus cosas y por algún motivo le permitía hacerlo. 

Todavía faltaba mucho para acabar la clase y  la explicación sobre los pronombres personales le estaba causando un profundo estado de letargo y de sueño. Los ojos lentamente se cerraban y le costaba esfuerzo volver a abrirlos. Por si esto fuera poco sentía un irrefrenable impulso de bostezar. Mientras atravesaba una de esas crisis, vio el avión de papel sobre el libro de matemáticas. Sintió una sensación irrefrenable de cogerlo y desde la última fila  lanzarlo a volar hacia la pizarra. El avión salió de su mano volando por encima de la cabeza de sus compañeros y hacia la mitad de la clase cogió altura lo que le permitió llegar hasta el punto donde la profesora estaba escribiendo ejemplos de pronombres personales. En el instante en el que el avión llegaba a la altura de su cabeza la profesora se dio la vuelta con intención de enfatizar la parte que uno de sus alumnos no terminaba de comprender, y el avión con punta de reactor de los años setenta, impactó sobre su lagrimal y por un momento hizo que el avión se quedara suspendido en su ojo. Después cayó al suelo y la profesora lo pisó con rabia. Mientras caminaba hacia el bolso que se encontraba sobre su mesa, Guillermo comprendió que ese día tendría que dar explicaciones en casa.


lunes, 3 de marzo de 2014

Gourmet





Dada mi profesión de crítico gastronómico me sorprende la profusión de programas en los que se preparan platos altamente sofisticados y concursos donde se exige a los concursantes que preparen suculentos platos para poner a prueba su imaginación.

Para ser capaz de saborear un buen menú es necesario haber educado el paladar con cada producto, con cada matiz. No es una tarea fácil, es un arte ser capaz de disfrutar cada plato e intentar adivinar la personalidad de quien lo ha preparado. Por su forma de hacer se puede intuir el carácter del autor, hasta se puede intuir si es buena persona.

Hace algunos años que tomé la costumbre de valorar la calidad de los restaurantes que debo examinar sin salir de casa, prescindiendo de la atención del maitre o de la decoración que intuyo adecuada. Me concentro solamente  en la comida y en activar mis papilas gustativas, en descubrir esa intención oculta que contiene cada plato. Esto era así antes de la operación y no me impidió seguir trabajando. Mis opiniones se siguen tomando al pie de la letra y en determinados momentos aparece como “trendic topic” en las redes sociales.

En algunos casos mis compañeros de profesión, otros críticos de revistas especializadas, ponen como ejemplo mi capacidad para percibir ese aroma que recuerda un momento de la infancia o aquel otro regusto meloso que remite al calor del fuego en casa de la abuela.

Dicen que la cocina cada vez se asemeja más a las otras artes, al de la pintura por ejemplo, donde cada obra debe llevar su interpretación para ser tenida en cuenta, pero permitan que esboce una leva sonrisa cuando recuerdo que debido a una lacerante enfermedad me  fue extirpada la lengua, de modo que puedo sentir la comida lo mismo que un ciego puede apreciar un cuadro de Velázquez. Pero mi criterio, mi imaginación valdría decir, se sigue teniendo en cuenta como uno de las más acertadas a la hora de discriminar sabores y texturas, soy lo que se dice un profesional competente
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