miércoles, 17 de abril de 2013

Demencia 2




Constantino, el nieto y su yerno jugaban a las cartas. La televisión continuaba encendida pero con el volumen bajo  para poder escucharse. Jugaban despacio, como a cámara lenta y cuando el turno le tocaba a Constantino el tiempo se paraba ligeramente. El nieto echó la sota de espadas y los ojos del abuelo recorrrieron las cartas que  tenía  abiertas en abanico. A veces después de un rato inmóvil se caía alguna o todas y había que  recogerlas y volver a ponerlas en sus manos. Daba la impresión de que se olvidaba de agarrarlas. Era curiosa la forma de mirar, menos intensa, sin energía. A veces mirándole, su nieto percibía una cierta flojera en su propia mirada.

Constantino se levantó de la mesa.
- Voy al arroyo - dijo. Viviendo en una cuarta planta era difícil ir al arroyo. Pero los recuerdos del pueblo los tenía presentes. De alguna forma se podría decir que no había salido del pueblo, que todavía estaba allí.

- Voy al arroyo - repitió - a hacer de vientre. - Y progresivamente fue caminando pasillo adelante hasta el cuarto de baño.

El nieto pensó en el abuelo y en el pueblo y en la cantidad de veces que había bebido agua fresca del arroyo.

Guardaron las cartas.

lunes, 15 de abril de 2013

Demencia 1




Constantino veía pasar imágenes por la televisión, daba igual el programa que emitieran, era indiferente la hora. Lo importante era que siempre hubiera ruido a su alrededor. Si no, se ponía raro. Estaba sentado en una silla con reposabrazos porque en ese tipo de silla era más difícil que se cayera. Hacía unos meses que le habían diagnosticado una demencia progresiva e irreversible aunque su aspecto insinuara una cierta normalidad.  En la misma habitación se encontraban el nieto y su yerno, cada uno sentados en extremos opuestos del sofá. En el centro de la habitación una mesa camilla con mantel y una jarra con agua y un vaso. El nieto leía el Hobbit y su padre la propaganda de una marca de coches.  Llevaban  un rato sin abrir la boca. El yerno preguntó:

- Constantino, ¿ha llamado alguien esta tarde?. – Se trataba de una pregunta sin importancia, como para mantener el ruido en la habitación.
- Sí.
- Quién era, ¿lo conocemos?.
- Era mi hermano.

Ambos padre e hijo levantaron los ojos y se miraron con la gravedad acostumbrada, no exenta de un cierta complicidad. Sabían que su hermano había fallecido cinco años atrás, pero le siguieron la corriente.

 - ¿Y que te ha dicho? ¿Está bien?
Arqueando las cejas el abuelo respondió lo acostumbrado:
- No sé.
A lo que el nieto apostilló con un gesto de impostada seriedad  
- Habrá hecho un llama-cuelga.
- Eso ha debido ser. - Dijo su padre mientras volvía la vista a un tipo de neumático ultrarresistente a la humedad.

La televisión seguía mostrando imágenes, Constantino miraba.

jueves, 11 de abril de 2013

Los enamorados en el centro comercial





El amor de Roberto y Sonia era un amor que se desarrollaba con más intensidad en el interior de un centro comercial. No había mayor diversión que emplear las horas recorriendo sus pasillos y curioseando por los comercios. Era una de las cosas que dotaban de sentido a su vida. Una tarde de Sábado comenzaba en las tiendas donde probarse la ropa de moda o aquella que fuera a marcar tendencia en los próximos meses. El tiempo pasaba probándose pantalones, faldas, esos pañuelos tan chulos. La tarde podía continuar con alguna de las muchas tiendas de calzado. A Sonia le gustaban los zapatos de tacón alto y las medias de múltiples colores, pero estas no era posible probarlas, no se podían sacar del envoltorio. A Roberto también le interesaban las cámaras de fotos y los ordenadores. Tenían un mundo a su disposición.

Las tiendas del hogar se encontraban en el mismo pasillo, un poco más allá. A Sonia le chiflaban las alfombras gruesas donde sentir el calor y el mullido en los pies. Y ver camas bajas de matrimonio, conjuntadas con las cortinas y una cómoda con luces como las de los camerinos de los artistas. Porque Sonia en el fondo se sentía una artista. Entraban a la estancia cogidos de la mano y dejaban volar su imaginación. Tenían el futuro por delante.

También había tiendas especializadas en mobiliario de cocina y Sonia soñaba estar junto a una ventana que diera al jardín viendo los niños jugando en el césped y con un árbol del que colgara un columpio. Y en medio un amplio fogón desde donde  llegar a todos los rincones sin apreturas.

Con la cabeza llena de sueños pasaban a la zona de bares y restaurantes. Tenían hambre y decidieron comer algo. Sabían que era un momento delicado. Debían esperar a que algún cliente se marchara y dejara algún resto de hamburguesa o de ensalada César que tanto le gustaba a Sonia. Salían sin precipitación para sentarse en su banco, lejos de las miradas inoportunas de los transeúntes. Ese día no tuvieron suerte. Un guardia jurado encontró a  Roberto envolviendo un resto de entrecot de ternera en una servilleta y  les invitó a salir del centro comercial. De vez en cuando ocurría. Ese día se habían sentido tan integrados como cualquier otra pareja normal. El guardia les acompañó hasta la salida y una vez traspasada  la puerta automática de cristal y como afirmando su propio destino, Roberto pasó las manos por la cintura de Sonia y aproximando sus labios se fundieron en un largo y apasionado beso.


La fotografía es de Sway-Ploas


lunes, 8 de abril de 2013

Una tarde en la biblioteca





Después de llevar veinte minutos en la biblioteca comenzó a hacerse perceptible cada respiración, cada movimiento de una página. Hasta el movimiento de la mano que escribe, del estiramiento cervical de aquella chica rubia sentada en la esquina con la que de vez en cuando había coincidido. Sobre la mesa, los folios de la lección diaria de lenguaje de primero de bachillerato y un análisis sintáctico incomprensible. Roberto miró a su compañero y al complemento circunstancial al que hacía referencia el verbo que estaba una línea más arriba. Imposible comprender nada más en esa frase coordinada adversativa. Cuando finalmente decidió preguntar, el chisteo de la bibliotecaria se oyó en toda la sala y la duda se volvió si cabe más insignificante. Volvieron a enfrascarse en algo pesado y rutinario. Aparcaron la asignatura de lengua y sacaron de la mochila el libro de matemáticas con sus demostraciones de álgebra tan pesadas como  el análisis sintáctico. 

La biblioteca tenía un patio que compartía con un centro cultural aledaño donde había cuatro mesas de ping-pong azules. Solían venir a la biblioteca con la raquetas y unas pelotas marca Cornilleau, pesadas y con un bote equilibrado. Necesitaban salir de la rutina. Sencillamente se dedicaban a pasar la pelota por encima de la red. Atribulados por la colección de conocimientos incomprensibles que cada día debían aprender, ver pasar la pelota de ping-pong levemente por encima de la red les hacía olvidar la sensación de pesadez. Pasados cinco minutos, las bolas comenzaban a adquirir determinadas efectos para hacer de su recorrido algo impredecible, mientras ellos se movían ágiles por el frontal de la mesa, acentuando la sensación de que nada tiene importancia y de que una cierta ligereza puede ser un antídoto contra el mayor de los aburrimientos.

Al regresar a la sala de estudio les seguían esperando las dos asignaturas, el silencio y la misma pesadez. La chica rubia de la esquina había salido a fumar un cigarrillo. Roberto comprendió que estaba a punto de perder la tarde pero decidió que aún había esperanza y con la cabeza despojada de todo pensamiento se acercó con las dos raquetas a la chica que acaba de terminar el cigarrillo. Le preguntó  -¿Juegas al ping-pong?

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