Constantino, el nieto y su yerno jugaban a las cartas. La televisión continuaba encendida pero con el volumen bajo para poder escucharse. Jugaban despacio, como a cámara lenta y cuando el turno le tocaba a Constantino el tiempo se paraba ligeramente. El nieto echó la sota de espadas y los ojos del abuelo recorrrieron las cartas que tenía abiertas en abanico. A veces después de un rato inmóvil se caía alguna o todas y había que recogerlas y volver a ponerlas en sus manos. Daba la impresión de que se olvidaba de agarrarlas. Era curiosa la forma de mirar, menos intensa, sin energía. A veces mirándole, su nieto percibía una cierta flojera en su propia mirada.
Constantino se levantó de la mesa.
- Voy al arroyo - dijo. Viviendo en una cuarta planta era difícil ir al arroyo. Pero los recuerdos del pueblo los tenía presentes. De alguna forma se podría decir que no había salido del pueblo, que todavía estaba allí.
- Voy al arroyo - repitió - a hacer de vientre. - Y progresivamente fue caminando pasillo adelante hasta el cuarto de baño.
El nieto pensó en el abuelo y en el pueblo y en la cantidad de veces que había bebido agua fresca del arroyo.
Guardaron las cartas.



