Solía estar junto a la puerta del patio, en la calle, sentada, fumando… Su aspecto no era malo, no tenía un aspecto decrépito, sin embargo no daba la impresión de estar, digamos, saludable. Tenía el pelo corto y cano y una mirada que solía fijar en un punto, como de profunda concentración entre calada y calada. Si te quedabas mirándola, daba la impresión que en sus pupilas era capaz de captar la esencia de las cosas. Como si de un vistazo fuera capaz de escudriñar la materia y transportarse al fondo. Me gustaba pensar en ella como una persona que era capaz de comprender donde los demás difícilmente vemos indicios de algo.
En cierta ocasión ví una foto de Oppenheimer el eminente e inquietante físico. Eminente porque debía ser muy bueno en su especialidad atómica y también porque era capaz de llevar a cabo grandes proyectos. Inquietante porque el principal proyecto que dirigió fue el proyecto Manhattan, el de las bombas atómicas, y porque además y por si fuera poco tenía impulsos homicidas. Y sin embargo la mirada de Oppenheimer era muy parecida a la mirada de la anciana de la residencia.
A veces me ponía en el otro extremo del patio y la observaba. Observé que siempre fumaba y que miraba con la misma intensidad y era como si viviéramos en mundos paralelos e irreconciliables. Una vez coincidí con ella en el ascensor pero no levantó la cabeza y casi lo agradecí.
Un día dejé de verla y también al siguiente y al otro. No pregunté, preferí no saber qué había sido de su vida. Me aventuré a pensar que esa mujer una vez miró a los ojos de una persona, tal vez un novio o un amigo y al mirar comprendió al microscópico nivel de los átomos y las moléculas la materia de la que estamos hechos los humanos, nuestras inquietudes, nuestras voluntades y al verlo prefirió callar.


