miércoles, 17 de abril de 2013

Demencia 2




Constantino, el nieto y su yerno jugaban a las cartas. La televisión continuaba encendida pero con el volumen bajo  para poder escucharse. Jugaban despacio, como a cámara lenta y cuando el turno le tocaba a Constantino el tiempo se paraba ligeramente. El nieto echó la sota de espadas y los ojos del abuelo recorrrieron las cartas que  tenía  abiertas en abanico. A veces después de un rato inmóvil se caía alguna o todas y había que  recogerlas y volver a ponerlas en sus manos. Daba la impresión de que se olvidaba de agarrarlas. Era curiosa la forma de mirar, menos intensa, sin energía. A veces mirándole, su nieto percibía una cierta flojera en su propia mirada.

Constantino se levantó de la mesa.
- Voy al arroyo - dijo. Viviendo en una cuarta planta era difícil ir al arroyo. Pero los recuerdos del pueblo los tenía presentes. De alguna forma se podría decir que no había salido del pueblo, que todavía estaba allí.

- Voy al arroyo - repitió - a hacer de vientre. - Y progresivamente fue caminando pasillo adelante hasta el cuarto de baño.

El nieto pensó en el abuelo y en el pueblo y en la cantidad de veces que había bebido agua fresca del arroyo.

Guardaron las cartas.

21 comentarios:

silvo dijo...

Es impresionante como regresan a la infancia, saludos

TORO SALVAJE dijo...

Que agüita tan nutritiva...

Amando García Nuño dijo...

Volver al arroyo, a cagar como se hizo siempre, es volver a lo más profundo de esa sima que es la infancia.
Volver al arroyo, a beber como se hizo alguna vez, es volver a refrescarse con aguas ya pasadas.
Tocaste la fibra, compañero. Un abrazo.

la MaLquEridA dijo...

Recuerdos guardados salidos a flote.

emejota dijo...

Ese es el verdadero comecocos de los mayores. Bss.

Noelplebeyo dijo...

sabiduría popular

todo fluye...nada permanece

Francisco Espada dijo...

Precioso relato y tan veraz como un retazo de vida arrancada de esa memoria que ha entrado en debilidad. Mucha ternura y dramatismo, mucha verosimilitud. ¡Felicidades!

Un abrazo.

Rafa Hernández dijo...

Pobre Constantino, desde luego el relato te eriza loas pelos, y encima el pobre si le dan ganas de cagar ya no puedo hacerlo ni a donde a él le gustaba; en el arroyo del pueblo y en plena naturaleza: qué pena.

Un abrazo jaal.

Nieves dijo...

Debería volver a su pueblo, a su arroyo, a lo que añora, pasar el último tramo de sus vidas en los lugares que quieran y no encerrados en pisos apretados.

Me encantan estas entregas de demencia.

Un besote :)

Lady_Celeste dijo...

!!Hola,jaal!

Una historia muy humana,he sentido la tristeza y resignacion q flota en el ambiente.Magnifica.Muchos besitos,jaal.

Fiaris dijo...

¡Que tristeza me ha dado!
abrazo

M. dijo...

Me ha gustado mucho. Lo cuentas de una manera muy delicada, con sutileza. Una enfermedad muy cruel, aunque lo que queda de tu relato es la humanidad y la tristeza. También un humor sutil, quizás más evidente en la entrada anterior que en esta.

Un abrazo.

Verónica dijo...

Las personas cuando son mayores (más que yo por supuesto, jaja) recuerdan el pasado mejor que lo que hicieron ayer. Por poner un ejemplo.
Besos

Andrés de Andrés dijo...

Acertado comentario de Armando. Has tocado la fibra. Felicidades.

pluvisca dijo...

Cuantos recuerdos jaal!!! Yo iba en verano con mis abuelos al pueblo y él era de esos de costumbres arraigadas...has removido mis recuerdos...

Besos

Patzy dijo...

Qué fantástico es poseer el don de rescatar "pedacitos de la vida" y contarlos con tanta magia. Me encanta como escribes. Abrazooo, amigo.

Uno dijo...

Tremendos estos relatos de la demencia. No hacen falta zombies ni vampiros para dar miedo.

sabores compartidos dijo...

Es impresionante como la gente mayor se acuerda más de su infancia que de los tiempos presentes.
Bonito relato amigo
un abrazo

Melvin dijo...

Ni con la más aguda de las demencias se olvidan determinadas sensaciones....esas que forjaron el camino....Besotes.

ANTONIO CAMPILLO dijo...

Constantino sólo posee las maletas de recuerdos que se trajo del pueblo. No ha habido ninguno más digno de reseñar. Cuando abre la maleta, las imágenes que empaquetó cuidadosamente surgen como si estuviese viviéndolas nuevamente. Las cartas son innecesarias. Constantino necesita el arroyo del pueblo no el cemento de la ciudad.

Un abrazo, amigo Jaal.

Jen Salvadó dijo...

La demencia es complicada; los ancianos, como niños; y los familiares nos convertimos en espejismos de vidas pasadas.

Es muy duro, pero lo has explicado muy bien.

Un saludo

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