jueves, 16 de enero de 2014

Transporte





Sí, hasta ese día no fue capaz de darse cuenta de la realidad en la que se encontraba. Era muy temprano y se montó en el autobús que cada día la llevaba al trabajo. Unos días atrás había sentido un malestar considerable. No exactamente cuando se montaba si no un poco más tarde. Ella lo achacaba a la falta de estabilidad del vehículo o quizá a la impericia del conductor. A veces la parte de atrás  despedía un mareante olor a gasolina o a algo parecido.

Pero esta sensación se fue repitiendo con más intensidad. Siempre hacía la misma rutina. Salir de casa, bajar ligeramente por la calle de Francisco Silvela y llegar hasta la plaza donde se encontraba la parada. Normalmente no había mucha gente ni era mucho el tiempo de espera. Sin embargo ese día lo comprendió. Fue subir al autobús, sentarse y comprobar que no podía soportar la presencia de nadie a su lado. Que el hecho de sentir una respiración o un ligero movimiento era suficiente para generarla un profundo desasosiego .

Una vez tomada conciencia del problema, intentó sobreponerse a la proximidad y a la presencia de otras personas. Cada día intentaba interiorizar el momento de sentarse, de ver el asiento, de observar el color granate del material plástico con el que estaba hecho, sus imperfecciones y suciedades. Luego observaba a los demás. Incluso observaba a los demás intentando ver ese detalle que le permitiera ponerse en su lugar. Pero luego el autobús continuaba su marcha y el traquetreo hacía que volviera a aparecer ese malestar que aumentaba a medida que el habitáculo se iba llenando. Piensa que podrá superarlo.


17 comentarios:

Uno dijo...

Tu siempre tan observador. Es cierto que hay gente que siente auténtico rechazo por el transporte público. He oido "cuando se me estropea el coche y tengo que ir en bus ya estoy deprimido todo el día"; "Con el cambio de trabajo, ahora tengo que ir en bus y en metro" YO que no lo había cogido en mi vida..." Y no lo decían las Koplowitz, precisamente.

Un saludo

elisa lichazul dijo...

el transporte público es un mundo dentro del mundo todo
lo has relatado muy bien

para quienes usamos este tipo de medio para transportarnos al menos yo, me dan ideas e imaginarios poéticos suficientes para dejar rodar el lápiz por la hoja

besos

Nieves dijo...

Ahora que medito sobre los transportes públicos debo decirte que a mi los autobuses no me gustan nada, desde pequeña les he tenido manía, en cambio el tren y el metro (que viene a ser lo mismo) me encantan.

Comprendo perfectamente la situación que relatas...

Besos!!

Rafa Hernández dijo...

Joder pues algunos en el metro de Tokio, lo pasaríais muy jodido.

Un abrazo jaal.

TORO SALVAJE dijo...

A mí me ocurre eso.
Y no sólo en el transporte público.
Mi perímetro antihumano es considerable.... veinte metros como mínimo.

Saludos.

silvo dijo...

Espero consiga superar esa sensación o se sentirá muy mal, saludos

El Bueno de Cuttlas dijo...

Lo bueno del metro de Tokio es que eres treinta centímetros más alto que el resto y puedes ver una panorámica del vagón desde las alturas. Por lo demás, donde esté el mítico tranvía que se quite lo demás.

Un saludo Jaal y compañía

Andrés de Andrés dijo...

Dibujas un claro ejemplo de lo que entiendo como fobia social específica a medios de transporte colectivos. Algo que en mayor o menor medida experimenta mucha gente. Súmale el habitual mal olor, la falta de educación y las aglomeraciones de algunas horas y podremos entender todos el caos de tráfico por uso de vehículos particulares.

Jen Olalde dijo...

Primero serán los autobuses, luego vendrán los restaurantes, los conciertos, los foros de Internet... Las sociopatías son comunes en nuestro tiempo, somos demasiados.

Un abrazo

Jen

Bee Borjas dijo...

Un verdadero viaje de terror. Y lo digo con conocimiento de causa. Le tengo fobia a los buses. Hace años que no viajo en ellos. La sensación es horrible. Náuseas, malestar en general. Lo unico que pretendes es bajar y huir de allí.
Esta vez no puedo analizar el texto. Lo he "vivido" LO has pintado de una manera -vaya paradoja- fenomenal.
Abrazo fuerte, Jaal.

Lolo Chus dijo...

Voy en coche al trabajo, pero he usado el transporte público y más o menos entiendo el pasaje narrado. Muy bueno, Jaal.

Francisco Espada dijo...

Con los años vamos tomando muchas manías, pero hay gente precoz que las desarrolla con prontitud: la gran ciudad es incompatible con los agobios por las apreturas.
Un abrazo.

Towanda dijo...

Hola, Jaal.

Yo soy de esas personas que aborrecen el transporte público. Y he tenido suerte porque he podido ir en mi coche al trabajo durante los últimos años... Ahora, por un traslado de edificio, debo volver a cogerlo y estoy intentando verle el lado bueno... Aún no lo he encontrado, pero sigo buscándolo.

Saludos.

Mirella S. dijo...

¿Podrá superarlo? Lo dudo... Si viviera en Buenos Aires ni siquiera subiría a uno...
En esas cabinas rodantes se mexclan demasiadas energías y no precisamente positivas.
Un abrazo, Jaal.

Carlos de la Parra dijo...

La verdad es que es más sano caminar o de lo contrario uno se ve sujeto a compartir espacio con personas que afirman bañarse cada sábado les haga falta o no.

genessis dijo...

Tal cual....a veces suceden malestares peores...

Me gustó mucho el instantáneo..
Abracitos de lunes.

Melvin dijo...

Los espacios privados diluidos en olores, miradas, tactos ajenos... Imágenes que interfieren involunttariamente en ese instante fugaz de desconexión que supone subirse en un bus. Quieras o no respiras a los demás... A mi no me asusta... Aunque en ocasiones he querido huir, tan salvajemente dilapidaron mi silencio y quietud... besotes Jaal.

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